| Jerusalén, vista desde el Monte Scopus (=el Monte de la Vista, precisamente). Ciudad de colinas: ayuda mucho al sentimiento místico encaramarse a uno de los montes que la rodean, sobre todo de los Este, y contemplarla para sentir aquéllo de "algún día todo esto...". Muchos han debido pensarlo a lo largo de la historia, y así les va... |
Yo pasé apenas 24 horas de turismo en una ciudad deprimida por los atentados, paralizada por las expectativas siniestras de un atentado o un altercado, o por la extrema vigilancia de los soldados. El tiempo no acompañó mucho: fueron unas horas un tanto plomizas, reverberantes, y aún así me enamoré brevemente de esta ciudad castigada, sangrante, dolorosa, y todavía bella.
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¿Síndrome de Jerusalén? No lo sé. Lo más parecido que tuve fue una experiencia curiosa al descender al sepulcro de María. Es como bajar a una profunda estación de suburbano, por escaleras de piedra empapadas de olor a incienso. Abajo, monjes ortodoxos celebraban uno de sus ritos, y el canto también inundaba, rebotando, las paredes antiguas, iluminadas sólo por los lampadarios, sin ningún tipo de salida al exterior. |
Nada o casi nada sentí en el Santo Sepulcro mismo, donde se custodia la lápida que aseguran cubrió a Jesucristo. Bueno sí, sentí dos cosas: primero, una alegría egoísta por poder visitar el monumento prácticamente solo, pues si algo bueno tuvo el estado de inquietud que gobernaba la ciudad fue el vaciarla casi totalmente de turistas. Y algo más me debió impresionar, pues fui incapaz de sacar la cámara una vez dentro del baldaquino sagrado...
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¿A qué ciudad española se le
parece?
No lo adivinaríais: a Granada. El casco amurallado de Jerusalén, rodeado por colinas de cipreses y pequeñas construcciones realizadas en el mismo color de piedra de la muralla, tiene algo de Alhambra deseada por todos, y expuesta a la contemplación de quien quiera desde sus múltiples puntos de vista. Recuerdo especialmente un cocktail que nos ofrecieron en uno de los mejores restaurantes de la parte Oeste. Estábamos en una terracita ajardinada, con el champán en la mano, al atardecer, y las murallas enfrente parecían desafiarnos con algo de coquetería y algo de enigma milenario. Desde luego, cuando uno visita Jerusalén está predispuesto a lo espiritual, esperando que en cualquier momento una zarza ardiente le revele secretos sagrados. Lástima que ahora, en vez de las zarzas, lo que arda sean los coches bomba. |
| ¿Qué tienen las piedras para
desatar tanta pasión? Los judíos aseguran que esta pared perteneció al
Segundo Templo de Salomón, y ante ella rezan, en sus resquicios depositan
sus esperanzas y sus mensajes para la eternidad.
Ciudad de rabinos omnipresentes: todos de negro, sí, pero los hay rubios, morenos, altos, bajos, gordos... Casi todos sudan, caminan deprisa y con preocupación, y rara vez miran a los ojos de los demás transeúntes. Deben pensar que todos somos invitados pesados en su jardín heredado. |
Justo encima del muro se alza la explanada de las mezquitas, donde luce al sol el elemento seguramente más simbólico, reconocible, y de mayor personalidad de la ciudad: la cúpula dorada del Templo de la Roca. Alberga la piedra donde Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo Isaac. Es ahora zona árabe, y normalmente se visita, pero cuando yo estuve las cosas estaban demasiado tensas, y tuve que conformarme con contemplarla desde el Monte de los Olivos, de lejos. Aún así, mereció la pena.
El Monte de los Olivos es, en realidad, un inmenso cementerio de lápidas judías, y uno de los más solicitados del mundo.
| Las lápidas se escalonan desde
la cima hasta la base misma de las murallas. A su lado, un campamento
militar vela por el descanso eterno de los difuntos.
Olivos, se ven pocos. Los más notables están en el Huerto de Getsemaní, allí donde Cristo pasó la última noche en libertad (y quizás perdió el boli). Hoy, el Huerto es un jardincillo agradable donde uno no para de preguntarse si los olivos milenarios serán los mismos que vieron las lágrimas de sangre del Redentor. Ajeno a la historia, un gato se afana por cazar gorriones... ¡Que todos somos criaturas de Dios! |
¿Lo demás? Pasear por las calles del Bazar, perderse por las callejuelas del recinto histórico. Pero es algo que uno hace con reservas estos días de conflictos. Jerusalén es una de las ciudades más maravillosas del mundo para una buena semana de vacaciones, pero, a pesar de que se visita con mucha más calma con menos turistas, no vale el precio. Apuntaros para cuando las cosas se tranquilicen: si no os llega el presupuesto para alojaros en él, al menos tomaros un aperitivo en el Hotel Rey David, uno de esos míticos del mundo. ¡Aleluya!
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